Desde que se produjo el desmoronamiento de la Comunidad Socialista en su versión burocrática soviética, el capitalismo salvaje dio riendas sueltas a sus antojos y caprichos luego de haberse reformulado como neoliberalismo, como si estuviera fuera de control al no tener en contraposición una fuerza equivalente. No obstante vemos hoy líderes europeos como Jacques Chirac de Francia y otros de países escandinavos, así como figuras capitalistas prominentes, levantar las advertencias llamando a “la humanización de la globalización capitalista”. Todo ello al ver como se les van de las manos sus propios instrumentos e incluso ver, en el neoliberalismo, los mismos errores que percibían en el Dogma Soviético, que se apartó mucho de los preceptos ideológicos fundamentales como “La Democracia del Socialismo y el Socialismo de la Democracia”, pregonados por Marx, para convertirse en la tendencia fundamentalista, común entre ambos.
Frente al salvaje discurso que se vanagloria de sí mismo al auto declararse “infalible” y niega, por lo tanto, toda alternativa al Libre Mercado, la tendencia fundamentalista de la teología del mercado, sigue abriendo su camino del mismo modo en que lo hicieron aquellos burócratas de los Comités Centrales de los ex partidos socialistas, que se aferran a las formalidades textuales.
El descalabro de “el fatalismo” neoliberal producto de “la inexorabilidad” de sus políticas y criterios, bajo las banderas de “el Fin de la Historia”, es el factor que auguró los horizontes al nuevo avance izquierdista hacia el futuro (obsérvese lo que está ocurriendo en América Latina) ... Se trata del gran viraje hacia la izquierda (Venezuela, Brasil, Argentina, Chile, Uruguay, Bolivia y en el mismo raíl van también Perú y Ecuador ...) en virtud de nuevas fórmulas de alianzas sin precedentes entre la burguesía nacional y las fuerzas marxistas y socialistas a lo largo y ancho de un continente de 600 millones de habitantes, luego de la amarga experiencia de 60 años de guerra fría y décadas de neoliberalismo, que solo dejó en ruinas a las economías de Argentina, Brasil, Venezuela, Colombia y otros países latinoamericanos.
La consigna lanzada por Margaret Thatcher de “No hay alternativa” se volvió un chiste necio. Debemos cerciorarnos de la actual situación. Por ejemplo, el problema en el Viejo Continente consistió en la fuerte reacción hacia el neoliberalismo cuando fue empleado como instrumento a mano de líderes de partidos y gobiernos autodenominados “socialistas”, que daban constantemente el ejemplo del socialismo para justificar la ejecución de políticas neoliberales en base de concepciones totalmente tergiversadas. Toda esa situación se derivó en la aparición de los movimientos de desempleados, organizaciones verdes y defensoras del medio ambiente, movimientos de globalización popular como contrapartida a la globalización salvaje, sindicatos, gremios... etc.
Lo anterior nos obliga a ver a la izquierda en la política de la vida cotidiana, en las temáticas de la efectividad y valores a nivel cívico universal.
Las coyunturas actuales a nivel internacional radican en los intentos de EEUU de imponer una hegemonía mundial y actuar unilateralmente a partir de sus ilegítimos intereses condenados al fracaso.
La violencia generada por el neoliberalismo en sus más grotescas manifestaciones se convirtió en tragedia y farsa sin prácticamente límites. Me viene a la mente el episodio europeo de la iluminación en sus eras, al basarse fundamentalmente en la razón, mientras hoy día existe un fuerte vínculo entre las ópticas del neoliberalismo y los intentos de anulación del raciocinio. Se trata pues de una revolución conservadora dirigida a revivir el pasado, una tendencia retrógrada apoyada por los avances tecnológicos que trata de presentarse con una fachada progresista, mientras, al mismo tiempo, en la esencia es fundamentalista y enarbola la consigna “No hay alternativa” para clasificar de revisionista a todo opositor; sin embargo, sí existe alternativa. Al suprimir la razón pierde el buen humor y se vuelve con todo el rigor de la palabra ”Tragicomedia” al persistir en sus tentativas de recuperar los métodos del Siglo XIX, los métodos del Liberalismo de Manchester.
Vimos los trágicos y sangrientos desórdenes de principios del Siglo XXI, seguidos por las expresiones de rechazo popular masivo a la cumbre de los países más industrializados del mundo, cuyos máximos líderes se reunieron en Venecia para decidir los destinos del mundo. A posteriori vimos las diferentes manifestaciones de excepcional violencia generadas por el Neoliberalismo en función de la inhumana economía. Acto seguido tuvo lugar una cadena de sangrientos acontecimientos, el desastre del ataque del 11 de septiembre en Nueva York y Washington, la guerra de Afganistán, la sanguinaria escalada de Sharon contra el pueblo palestino bajo el yugo de la ocupación y por último la ocupación de Iraq. A todo esto se le pueden añadir los conflictos y luchas de carácter racial y confesional que pululan en los diferentes rincones del mundo a la sazón de “La desigualdad ciudadana” y el diluvio de pobreza, desempleo y hambruna que padecen más de 5 mil millones de seres humanos, mientras vive inmerso en la opulencia, aquel “Único Trillón Dorado” en los países del altamente desarrollado polo capitalista internacional, gracias a la ciencia y a la tecnología de la computación e informática.
En un contexto internacional, la actual globalización concentra las riquezas en manos de una minoría, causa nuevos choques con el capitalismo monopolista internacional, sin mencionar las incesantes acciones en detrimento del medio ambiente y el salvaje destrozo de la naturaleza. El Libre Comercio, del modo diseñado y apoyado por la Organización Internacional del Comercio, no solo marginó determinadas clases sino naciones enteras y las convirtió en un mero despojo sentado en el banquillo de los espectadores, observando pasivamente como les arrebatan sus propios recursos mientras crece “la Riqueza Mundial” sin beneficiarlo en nada. ¿En qué podría desembocar ese tipo de conflagración?
El Informe de la Organización de Naciones Unidas para el Desarrollo Humano del 2001, resumió la situación imperante en un escueto pero preciso párrafo: “El mayor rasgo característico de la globalización es que atesora las riquezas a favor de una minoría privilegiada, cuando se supone que la gran ola de riquezas impulsará por igual a todos los barcos; sin embargo, algunos más que otros tienen grandes posibilidades de zarpar en el agitado mar disfrutando los yates y los trasatlánticos en satisfacción de las nuevas oportunidades, mientras las grandes olas arrastran a su paso las pequeñas embarcaciones y vuelcan otras”. A la luz de esos hechos, el Presidente del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo advirtió en su informe sobre “el paso de la desigualdad a la inhumanidad”.
Hay grandes desequilibrios en el seno de las poderosas y enormes naciones. Ahí se agravan a diario las inhumanas y salvajes desigualdades. Las familias de la cima de la sociedad norteamericana representan el 1 por ciento de la población y ostentan en sus manos el 40 por ciento del patrimonio nacional. En EEUU ante el desenfrenado desempleo, en lugar de buscar soluciones efectivas, las transnacionales aplican fórmulas destinadas a lograr mayores ganancias mediante el uso de la fuerza productiva mal renumerada de los prisioneros hacinados en las cárceles, también de las fuerzas productivas más baratas, en las empobrecidas naciones de Ultramar.
Pueblos enteros son sometidos a la más severa tortura donde además de padecer los desmanes de la pobreza, reciben el castigo de tener que contemplar las deslumbrantes noticias de la maquinaria globalizada de información.
Ante este panorama internacional, se impone la necesidad de la práctica social que demostró con suficiente fuerza de disuasión y convicción, que los preceptos humanitarios del socialismo no son invenciones infundadas sino una respuesta a la necesidad del desarrollo de la sociedad y se auto reafirman una y otra vez a lo largo de la historia. Esos preceptos, se imponen con mayor fuerza en los países capitalistas desarrollados en forma de tendencias objetivas de corte socialista en su esencia (los países escandinavos y otros), donde se conforman componentes y en ocasiones conjuntos integrales de relaciones socialistas, y me refiero a las organizadas infraestructuras de control social sobre la producción, los mecanismos de redistribución de ingresos nacionales, los sistemas de seguridad social, los fondos sociales, la participación de los productores en la administración y la extensión de la democracia a todos los sectores de la población. La única conclusión de la puesta en práctica de esas ideas es que la voluntad de la historia no difiere en nada de la idea del socialismo y de los conceptos de la justicia humanitaria.
Al mismo tiempo, los conceptos de justicia social no son ejemplos supremos impuestos a pesar de la realidad, tampoco un Status Quo al cual ha de acomodarse, es un movimiento histórico efectivo que posee su lógica interna, sobre la base del principio de que el desarrollo social debe producirse en el marco justificado de acuerdo a reglas equilibradas moralmente y desarrolladas de forma racional. La esencia de esta vital cuestión se resume en la capacidad del ser social portador de conceptos de justicia para cambiar el mundo de acuerdo con las condiciones y posibilidades en el terreno de los hechos mediante la práctica y no mediante el orgulloso y el puro terreno de las ideas. Se trata de una apuesta audaz por la construcción consciente de un mundo de igualdad y justicia social, ya que lo que no resuelve la razón lo hace en su defecto la práctica social. La historia de las revoluciones del Siglo XX, es una demostración de las posibilidades y las limitaciones de la mente humana para entender el mundo y cambiarlo. El socialismo representó una valiente apuesta para la construcción de un mundo de igualdad, democracia y justicia social, pero en un determinado momento. Este ejemplo se ajusta a lo que escribió Fiododro Dosteivsky en su novela “Los Hermanos Karamazov”: “Construir una nueva Torre de Babel para bajar el cielo a la tierra”. Todo fue a bolina por voluntad de la historia... y por sus leyes que ameritan una seria contemplación.
Del derrumbe del Socialismo Burócrata, la falta de la democracia y de la diversidad en la sociedad y la relación entre el Estado y la Sociedad para garantizar los procesos de “la transferencia pacífica del poder”, se puede arribar a la conclusión de que el desmoronamiento de los intentos de construir la sociedad socialista se debe a la ruptura del vínculo con la continuidad histórica, a la pérdida de los valores jurídicos del Estado y al desvanecimiento de los valores humanos generales con respecto a la democracia y a la cultura, en otras palabras, la ruptura con la lógica objetiva del proceso histórico, el pecado de “quemar etapas mediante saltos subjetivos”, lo que sería en la práctica, recurrir de forma atropellada a utensilios inadecuados para transformar la realidad. Esta política condujo a resultados totalmente contradictorios a los objetivos previstos y traza una óptica integral entre las limitaciones históricas como reflejo de una etapa determinada de la historia de la humanidad y el saber como reflejo adecuado de la realidad en las concepciones y los fines de la práctica social y la relatividad entre lo racional y lo irracional. Era difícil sacar conclusiones respecto a todas estas cuestiones de “la ideología socialista” o analizarlas profundamente desde posiciones creadoras ya que fueron valorados como temas totalmente “vedados”.
La caída del socialismo burocrático y la pérdida de la diversidad democrática es el resultado material de los intentos de suprimir la razón, de echar todo por tierra y de forzar la realidad al tratar de aprovechar el momento. Sobre esta base de la anulación racional aparecen, en la historia, las mariposas filosóficas nocturnas, de muy corta pero brillante vida, que al igual que las de la naturaleza aprovechan el momento con descomunal osadía, cuando son atraídas por la luz de las velas y se acercan tanto hasta quemarse con su incandescente llama. Cuan expresivo es el destino del Dogma y de la rígida ideología de tendencia fundamentalista e independientemente de cada una, aparecen como aliadas en su destino final a pesar de sus contradictorias posiciones. El mundo de hoy vive la pesadumbre de la tendencia fundamentalista neoliberal, su feroz y voraz hegemonía económica en la teología del mercado, de modo que las contradicciones antagónicas surgen en el efectivo desarrollo en su posición histórica. Es así como los constantes valores del proyecto socialista resurgen en el ideario de la justicia social, en la solidaridad colectiva y en la libertad individual como premisa de la libertad del desarrollo de todos, se convierten en la levadura metodológica del contenido y de las tareas de la actual etapa de cambio, como así también importantes factores de la conformación de los proyectos futuros.
*Secretario General del Frente Democrático para la Liberación de Palestina |