Hace unos sesenta años, la Segunda Guerra Mundial concluyó con la rendición de la Alemania Nazi primero y, unos meses más tarde, de Japón. Durante todos estos años, los sionistas estuvieron acumulando numerosas “victorias” al compás de la celebración del aniversario del “Holocausto”, llegando a establecer su estado y a ampliarlo a expensas de los derechos del pueblo palestino a su suelo patrio, a la existencia y a la vida.
Sesenta años de matanzas y desastres cometidos por Tel Aviv en detrimento de los derechos del pueblo palestino y aún así, Israel y el Sionismo Mundial, son capaces de aprovechar hasta la saciedad “los dolores del holocausto” en aras de encubrir sus posteriores prácticas criminales.
Los sionistas repiten usualmente que mediante la creación de “generaciones de aguerridos combatientes israelíes” se ha erigido “un Israel fuerte y respetado” con vista a evitar la repetición del “desastre” (cuando fueron conducidos como corderos a los mataderos y hornos de gas en la Alemania Hitleriana).
No es de extrañar entonces que el discurso israelo-sionista siempre se remonte a lo que aconteció hace unos sesenta años para justificar todo lo que ocurre después. ¿Acaso hace sesenta años llegó a su fin un capítulo de la historia con el desmoronamiento moral de la Europa Colonialista y de toda la humanidad y comenzó otra etapa basada en la justificación constante de las acciones de los guerreros israelíes que pisotean todas las normas morales, éticas, derechos y principios de la legalidad internacional?
Sesenta años han pasado desde que llegó a su fin la II Guerra Mundial y fueron liberados los prisioneros de los campos de concentración; sin embargo, aún se mantiene el discurso israelí basado en la narración sionista que presenta “el desastre de los judíos de Europa” como un caso singular en la historia y la convierte en el único barómetro de la moralidad de la humanidad rehusando toda comparación con otras matanzas similares anteriores o posteriores, o incluso contemporáneas.
A criterio de los sionistas, todas las masacres cometidas a lo largo de la historia contra los indios de América del Norte, los pueblos aborígenes de las colonias europeas, los armenios, gitanos, rusos, vietnamitas, kampucheanos, etc., son actos de “magnicidio”, pero contra pueblos sojuzgados por la ocupación y las minorías étnicas tal como ha ocurrido a lo largo de la historia de la humanidad hasta nuestros días, como señaló la historiadora israelí Anat Peri y lo que es considerado por el historiador norteamericano David Steinard como “expresión de la ideología racista blanca euro-americana”. Sobra decir que el esbozo histórico brindado por Peri es esgrimido por muchos historiadores israelíes y aplicado para justificar las matanzas que se cometen contra el pueblo palestino.
El tratamiento israelo-sionista de ese tema constituye uno de los mayores fraudes intencionales y premeditados de la historia moderna. La narrativa histórica ya ha sido escrita y presentada en numerosas ocasiones y de forma contradictoria sin que coincida una vez con la otra o al menos carezca de carácter movilizativo.
En el discurso político israelo-sionista dirigido hacia Europa se destaca en gran medida la responsabilidad moral de dicho continente con respecto a las masacres cometidas por los nazis contra los judíos, al tiempo que se pasan por alto, hasta menoscabarlas, las perpetradas contra los diferentes pueblos europeos cuyas víctimas han sido varias veces mayores, sin pretender con ello despreciar el valor de las pérdidas humanas judías.
A pesar de todo lo anterior, culpar a la Europa capitalista de la responsabilidad moral, no impide que el discurso israelo-sionista se presente como parte del discurso europeo central en aras de alcanzar una serie de objetivos. Lo que pretende el discurso israelo-sionista al culpar a Europa de la responsabilidad moral es obligarla a seguir desempeñando el papel del Pastor Colonialista de Israel sobre la base de sus alegatos de ser una muestra en miniatura de la Democracia Capitalista Occidental.
Esto le permite a Israel justificar todas las políticas sangrientas y racistas contra los palestinos al presentarlos como “un pueblo atrasado” al margen de la modernidad y necesitado de un proceso de “civilización” a manos de la ocupación israelí, tal como lo fue el papel colonialista protagonizado por las potencias colonialistas europeas y que constituyó el cimiento de la Cultura Europea Centralizada.
A partir de ahí se presenta la resistencia del pueblo palestino como una expresión práctica de “una cultura salvaje desarrollada sobre un suelo abandonado, como una de las culturas nacionales alimentada por la moral y los conceptos de la vida del desierto y de la ideología de la guerra y de la venganza”.
Por tanto, la literatura política israelí nunca presentó de forma decisiva el conflicto palestino-israelí como una lucha antagónica entre “dos nacionalidades” hasta etapas muy tardías y precisamente ante las puertas de la Era de Oslo, sin que ello implique en modo alguno el reconocimiento, ni implícito ni explícito, de los derechos nacionales palestinos.
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