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Balfour, la declaración infame
Por: Juan Dufflar Amel
2 de noviembre 2017

El 2 de noviembre del 2017 se cumple el centenario de la Declaración de Balfour, uno de los documentos más pérfidos y nefastos de la historia, que abrió los causes para la posterior división de Palestina, el ilegal despojo de sus territorios y la creación del Estado sionista de Israel.

La Declaración, rubricada por el Ministro de Relaciones Exteriores de Gran Bretaña, Arthur James Balfour, y dirigida al barón Lionel Walter Rothschild, líder de la comunidad judía en ese país, fue de hecho una alianza británica con el colonialismo sionista, vínculos que se habían iniciado durante la Primera Guerra Mundial para apoyar la creación de un hogar nacional judío en Palestina, lo cual devino en una catástrofe (Nakba) para el pueblo árabe palestino, habitante originario y milenario de ese territorio.

Para todos los tiempos quedará indeleble la responsabilidad histórica del Gobierno británico —poco después Administrador de Palestina— por las desastrosas consecuencias que resultaron de su incitador apoyo al proyecto del sionismo internacional, materializado con la Resolución 181 del 29 de noviembre de 1947 de la Asamblea General de Naciones Unidas, que estableció la partición de Palestina y la creación, artificiosa, del Estado israelí.

La misiva a Rothschild, tan indecente como lo fue la colonialista Doctrina Monroe, ni siquiera mencionaba al pueblo palestino y establecía que “El gobierno de Su Majestad considera favorablemente el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y utilizará sus mejores esfuerzos para facilitar la consecución de este objetivo”. Se consumaba así una artera conjura que ignoraba que la población palestina nativa del país, que constituía el 91%, eran propietarios de más del 98% de la tierra, mientras que el resto, inmigrantes judíos extranjeros, poseían solo el 1,7% de la tierra.

La colosal injusticia de la decisión de la ONU de cercenar y repartir un territorio que no le era propio, disponía además, la creación de dos Estados, uno árabe, que no se produjo, y uno judío, favorecido con la concesión de una superficie de 14.608 km2, el 55,5 % del total, mientras limitaba a 11.519 km2, el 43,8%, al sector palestino, y designaba a Jerusalén, el 0,7% restante, como cuerpo separado.

Un siglo después de tan trágica usurpación, y mediante limpiezas étnicas, guerras de agresión, terrorismo y racismo, la geofagia del Estado de Israel se ha expandido a casi la totalidad de Palestina, edificando miles de ilegales asentamientos coloniales judíos y aplicando criminales acciones represivas a la población civil en la Franja de Gaza y en Cisjordania y Jerusalén Este.

Durante 70 años, el genocidio y expansionismo israelí ha contado con el permanente respaldo político, económico y militar del Gobierno de Estados Unidos, y la ineficacia de las resoluciones condenatorias del Consejo Seguridad de Naciones Unidas.

Aún en las adversas circunstancias de verse despojados de sus tierras, expulsados de su patria, asesinados, encarcelados, privados de sus medios fundamentales de existencia y diseminados por el mundo, los heroicos palestinos no han cesado en su lucha, pues confían en liberarse del ocupante israelí y constituir un Estado soberano e independiente dentro de las fronteras anteriores a 1967, y con Jerusalén oriental como capital.

 

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