Haciendo honor a su condición de primer ministro de la ultraderechista coalición de gobierno que asumió el poder en Israel tras las elecciones legislativas de febrero pasado, Benjamín (Bibi) Netanyahu, dio ha conocer en un mañoso discurso su concepción sionista de un Estado palestino, que es lo más parecido a la de un batustán de la antigua Sudáfrica racista.
En un reacomodo retórico de las posiciones asumidas durante su primera entrevista con el presidente norteamericano, Barack Obama, durante la cual hizo filigranas verbales acerca de la posibilidad de una “entidad palestina” sin mencionar la palabra Estado, el fullero premier lanzó ahora su fórmula para hacer viable un languidecido proceso de paz, al que prácticamente le ha disparado el tiro de gracia.
La engañosa solución propuesta por el racista líder del Partido Likud es su intento de hacer pasar “gato por liebre” ante la comunidad internacional y obtener la anuencia de la Casa Blanca y de la Unión Europea, al aceptar la constitución del Estado árabe sólo bajo una serie de leoninos requisitos y restricciones, totalmente inaceptables para el pueblo palestino y rechazadas por los dirigentes de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) y el Movimiento de Resistencia Islámica (Hamas).
Durante su disertación en la Universidad de Bar Ilán, bastión del sionismo religioso, Netanyahu confeso admitir la creación de un Estado palestino, pero sólo desmilitarizado, y condicionado al reconocimiento de Israel como el Estado del pueblo judío, a la no división de la ocupada Jerusalén, y al mantenimiento de los ilegales asentamientos de colonos establecidos en Cisjordania y Jerusalén Oriental, ocupados por cerca de 280 mil israelíes.
Sin comprometerse siquiera a suspender la construcción de nuevas colonias hebreas, mientras se niega tozudamente al retorno de millones de refugiados palestinos expulsados de sus tierras, el plan de Netanyahu, exige, además, el control israelí del espacio aéreo del futuro Estado y que a este le sea vedado establecer relaciones con la República Islámica de Irán.
O sea la constitución de una municipalidad palestina más que la de un Estado soberano, cercada por un ignominioso muro segregacionista y con limitados poderes de autogobierno.
Aunque sus proposiciones han sido acogidas con beneplácito por Washington, la Unión Europea y los más furibundos halcones de la coalición de partidos políticos israelíes, concitaron el inmediato rechazo de mundo árabe ante tan desfachatada burla.
El presidente de Egipto, Hosni Mubarak, cuyo país mantiene relaciones diplomáticas con Tel Aviv y ha servido de mediador en el conflicto israelo-palestino señaló con acritud que el discurso de Netanyahu, "hace abortar todas las posibilidades de paz" en el Oriente Medio, mientras que Siria y el Líbano lo calificaron de “racista y peligroso”.
A pesar de que el presidente de Estados Unidos, que se ha pronunciado a favor de la constitución de un Estados palestino, saludó el discurso del premier sionista y consideró su pública aceptación en ese sentido como un "importante paso adelante", los analistas políticos consideran que las declaraciones de Netanyahu alejan mucho más la posibilidad de una solución pacífica, justa, global y permanente al conflicto en la región, y que en realidad dió dos pasos atrás.
Así lo estima también el secretario del Comité Ejecutivo de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), Yasser Abed Rabbo, que lo calificó de vacío e intrascendente porque “Netanyahu es un estafador que hace trampas al proceso de paz".