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Ley de Estado-Nación judío: Por qué Israel nunca fue una democracia
Ramzy Baroud
23 de julio 2018

El jefe de la Alianza de la Lista Árabe Conjunta en el Knesset (Parlamento) israelí, Aymen Odeh, describió la aprobación de la ley racista del Estado-Nación judío como "la muerte de nuestra democracia".

¿Realmente creía Odeh que, antes de esta ley, había vivido en una verdadera democracia? 70 años de supremacía judía israelí, genocidio, limpieza étnica, guerras, asedios, encarcelamientos masivos, numerosas leyes discriminatorias, todas dirigidas a la completa destrucción del pueblo palestino deberían haber dado suficientes pistas de que Israel nunca fue una democracia, para empezar.

La Ley del Estado-Nación Judío es simplemente la frutilla del postre. Simplemente le dio a quienes argumentaron, desde el principio, que el intento de Israel de combinar la democracia con la supremacía étnica era un racismo disfrazado de democracia, la munición que necesitaban para ilustrar aún más el tema.

No hay escapatoria al imperativo moral ahora. Aquellos que insisten en apoyar a Israel deben saber que están apoyando un régimen de apartheid descarado.

La nueva ley, aprobada después de algunas disputas el 19 de enero, ha divorciado a Israel de cualquier reclamo, por falso que sea, de ser un estado democrático.

De hecho, la ley no menciona la palabra "democracia" en su redacción, ni siquiera una vez. Sin embargo, la referencia a la identidad judía del Estado es amplia y dominante, con la clara exclusión del pueblo palestino de sus derechos en su patria histórica:

- "El Estado de Israel es el Estado-Nación del pueblo judío...

- "La implementación del derecho de autodeterminación nacional en el Estado de Israel es exclusiva para el pueblo judío.

- "El estado trabajará para garantizar la seguridad de los hijos del pueblo judío...

- "El Estado actuará para preservar el legado cultural, histórico y religioso del pueblo judío en la diáspora judía", y así sucesivamente.

Pero lo más peligroso de todo es la estipulación de que "el Estado ve el asentamiento judío como un valor nacional y trabajará para alentar y promover su establecimiento y desarrollo".

Es cierto que los asentamientos judíos ilegales ya salpican la tierra palestina en Cisjordania y Jerusalén; y una segregación de facto ya existe en Israel mismo. De hecho, la segregación es tan profunda y arraigada, que incluso las salas de maternidad en los hospitales israelíes separan a las madres, según su raza.

Sin embargo, la estipulación anterior acelerará aún más la segregación y consolidará el Apartheid, haciendo que el daño no sea meramente intelectual y político, sino también físico.

El Centro Legal para los Derechos de las Minorías Árabes en Israel, Adalah, ha documentado en su 'Base de datos de leyes discriminatorias' una lista de más de 65 leyes israelíes que "discriminan directa o indirectamente a los ciudadanos palestinos en Israel y/o a los residentes palestinos del territorio palestino ocupado [en 1967] en base a su pertenencia nacional".

Según Adalah, "estas leyes limitan los derechos de los palestinos en todas las áreas de la vida, desde los derechos de ciudadanía a los derechos a la participación política, a la tierra y a la vivienda, a la educación, los derechos culturales y lingüísticos, religiosos y al debido proceso durante la detención".

Si bien sería acertado argumentar que el proyecto de Estado-Nación Judío equivale al ejercicio del Apartheid en Israel, esta realización no debe descartar la realidad anterior sobre la cual se fundó Israel hace 70 años.

El apartheid no es una simple ley, sino una acumulación lenta y agonizante de un intrincado régimen legal basado en la creencia de que un grupo racial es superior a todos los demás.

La nueva ley no solo eleva la identidad judía de Israel y borra cualquier compromiso con la democracia, sino que también rebaja el estatus de todos los demás. Los árabes palestinos, los nativos de la tierra de la Palestina histórica sobre la cual se implantó Israel, no ocupan un lugar destacado en la nueva ley. Hay una mera estipulación respecto al idioma árabe, pero solo para rebajarlo de ser un idioma oficial a uno "especial".

La decisión de Israel de abstenerse de formular una constitución escrita cuando se fundó en 1948 no fue casual. Desde entonces, es consecuente con un modelo previsible que altera la realidad sobre el terreno en beneficio de los judíos a expensas de los árabes palestinos.

En lugar de una constitución, Israel recurrió a lo que denominó 'Leyes básicas', formulando constantemente nuevas leyes guiadas por el compromiso del 'Estado judío' con la supremacía racial más que con la democracia, el derecho internacional, los derechos humanos o cualquier otro valor ético.

La Ley del Estado-Nación Judío es en sí misma una 'Ley Básica'. Y con esa ley, Israel abandonó la afirmación sin sentido de ser al mismo tiempo judío y democrático. Esta tarea imposible a menudo se dejó a la Corte Suprema que intentó, pero falló, lograr un equilibrio convincente.

Esta nueva realidad debería, de una vez por todas, poner fin al prolongado debate sobre la supuesta singularidad del sistema político de Israel.

Y como Israel ha elegido la supremacía racial por encima de cualquier afirmación, por débil que sea, de verdadera democracia, los países occidentales que a menudo han protegido a Israel también deben elegir si desean apoyar un régimen de Apartheid o luchar contra él.

La declaración inicial de la jefa de asuntos exteriores de la UE, Federica Mogherini, fue mediocre y débil. "Nos preocupa, hemos expresado esta preocupación y continuaremos interactuando con las autoridades israelíes en este contexto", dijo, al tiempo que renovó su compromiso con la 'solución de dos Estados'.

Esta no es la declaración correcta en respuesta a un país que acaba de anunciar su membresía en el club del Apartheid.

La UE debe terminar con su discurso político insípido y desvincularse del Apartheid israelí, o debe aceptar las consecuencias morales, éticas y jurídicas de ser cómplice de los crímenes israelíes contra los palestinos.

Israel ha hecho su elección y es, sin lugar a dudas, la equivocada. El resto del mundo debe hacer su elección también, con suerte la correcta: posicionarse del lado correcto de la historia: contra el apartheid judío israelí y por los derechos palestinos.

 
Fuente: maannews.com
 

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