Ni sorpresa ni asombro causa la noticia de que Estados Unidos fortalecerá su alianza estratégica y política, y reafirmará su apoyo a la carrera armamentista de Israel, al concederle una nueva contribución de 30 mil millones de dólares en los próximos 10 años.
El acuerdo, cocinado en junio pasado entre el presidente Bush y el primer ministro israelí, Ehud Olmet, representa el 25 % de aumento en la asistencia militar con respecto a los 24 mil millones aportados en la última década.
En el transcurso de este año, Tel Aviv ha recibido de su contraparte norteamericana, su principal suministrador, partidas de armamentos por valor de dos mil 400 millones de dólares, que se espera superen los 3 mil millones de dólares, asignados inicialmente.
El risible argumento esgrimido por Washington para justificar este cuantioso soporte económico y logístico es “garantizar la seguridad de Israel, que atraviesa una situación cada vez más peligrosa”.
La realidad difiere de tan burdas aseveraciones y se inserta en los planes estadounidenses de reforzar militarmente a Israel y demás países aliados en el Oriente Medio, considerado la mayor fuente petrolera del planeta.
Desde 1976, el gobierno de Tel Aviv se convirtió en el mayor receptor de la asistencia militar y económica norteamericana. De hecho se estima que más del 18% de toda la ayuda exterior de Estados Unidos se destinada a ese país.
Durante una reciente comparecencia en un programa televisivo sobre los graves conflictos en esa región, una profesora de Historia señalaba que valdría la pena preguntarse si existiría Israel sin Estados Unidos. La respuesta es obvia: No.
El estado sionista es en gran medida un producto “made in USA”, por la enorme contribución financiera y política que el influyente lobby judío norteamericano le ha proporcionado antes de su proclamación y después de su constitución en 1948, y por el respaldo brindado por los sucesivos gobiernos de la superpotencia del Norte.
En una relación carnal que supera el medio siglo, Israel devino el más firme aliado de Washington y su gendarme en la zona, por el flujo permanente de recursos económicos y material de guerra, que sobrepasa anualmente los nueve mil millones de dólares.
Fue en 1967, durante la agresión sionista a estados árabes en la denominada Guerra de los Seis Días, preparada con la participación de los servicios de espionaje estadounidenses, que el imperialismo norteamericano quebró lanzas definitivamente por Israel como punto de apoyo para sus planes intervencionistas y hegemónicos en la zona.
Estados Unidos contribuyó a dotar al estado sionista del arma nuclear, de una industria armamentista y un poderoso ejército dedicado a expandir mediante guerras de rapiña sus fronteras, y a amenazar a los países vecinos con nuevas agresiones, como parte del proyecto israelo-norteamericano, de un Oriente Medio ampliado.
No es extraño que este reforzamiento militar vaya acompañado de nuevas acusaciones contra Siria y la República Islámica de Irán de desestabilizar a la región del Levante por el pretendido respaldo que brindan a los movimientos de resistencia en Iraq, a Hezbolla en el Líbano, y a Hamas en los territorios palestinos.
La última medida de la Casa Blanca de incluir a los Guardianes de la Revolución iraníes en su lista de “organizaciones terroristas” es una nueva provocación que apunta hacía mayores confrontaciones con Teherán.
Sin embargo, Washington obvia referirse a la última agresión militar israelí al Líbano, y a sus crímenes cometidos durante este año contra la población palestina, que incluyen ataques y bombardeos indiscriminados, asesinatos selectivos, destrucción de viviendas, arrestos masivos y expropiaciones de terrenos para continuar la construcción del ignominioso Muro del Apartheid.
Y considera que este nuevo paquete de ayuda en letales medios de combate a su entrañable aliado, supone tan solo “una inversión para la paz”.