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Cada Navidad, Tilden Santiago coloca la Biblia junto al Corán en un pequeño pesebre que recuerda el nacimiento de Cristo. Ese acto no es sólo profesión de fe en la convivencia humana, sino además una evidencia de que no ha podido separarse de Palestina.
Y es que el hoy embajador de Brasil en La Habana tiene un lazo indisoluble con la causa árabe, desde que cuatro décadas atrás decidió hacer votos, con las armas en la mano, por el martirizado pueblo palestino.
“Salí de Brasil con 23 años, en 1960, para estudiar Teología en Roma”, rememora el entonces estudiante de Humanidades y Filosofía quien en esa época sentía un poderoso llamado de la Iglesia católica.
En la capital italiana, el joven teólogo se vincula a un grupo de curas obreros belgas, holandeses e italianos, un movimiento muy marcado en ese momento por la situación de la clase obrera europea, pero que tenía poco contacto con la realidad latinoamericana.
La influencia de ese grupo hace que pocos años después abandone los estudios teológicos y vaya a vivir a Nazaret, sin tener un conocimiento claro sobre árabes y judíos.
“En Belo Horizonte, la capital del estado de Minas Gerais, estaba acostumbrado de ver juntos los comercios de árabes y judíos, pero mi conocimiento sobre esas comunidades era muy general antes de llegar a Nazaret”, recuerda el diplomático.
“En diciembre de 1963, comencé a trabajar con una minoría palestina en Nazaret, porque durante la guerra de 1948 después de que se crea el Estado de Israel, aquellos que se quedaron, formaron un grupo minoritario”.
“Éramos una especie de hippies religiosos con una gruta como Iglesia, tres horas diarias de oración, convivencia permanente con la gente más pobre de la ciudad y trabajo en una cooperativa de construcción de viviendas”.
Movido por la fe católica y tras ver en la práctica que el ecumenismo religioso podía ser una opción viable, el joven se empeñó en buscar la paz entre árabes, cristianos ortodoxos y musulmanes, con quienes convivía a diario en su trabajo, primero como albañil y después como herrero.
“Nuestra intención no era convertirlos, ni atraerlos a la fe cristiana, sino sólo convivir y compartir todo con ellos. Incluso rezábamos en sinagogas y en mezquitas sin sentir contradicciones religiosas. Sólo queríamos dar ejemplo de vida y vivir con una gran carga mística”.
Esa convivencia diaria le permitió comenzar a entender el complicado conflicto entre árabes y judíos al tiempo que sentía en carne propia la explotación capitalista. La dura vida diaria aceleró la maduración política del joven que recorrió un extraño camino desde la espiritualidad hasta el mundo de la política.
Sin embargo, aquel grupo de idealistas fue expulsado cuando el ejército sionista ocupó Jerusalén en la guerra del 67, conflicto en el que terminaron trabajando como sepultureros de las víctimas de las hostilidades.
Pero el joven Tilden había partido antes hacia Brasil, donde al fin fue ordenado como sacerdote. Luego de tres años de ausencia, el retorno no fue tan feliz como esperaba. Una dictadura militar había tomado el poder y había diezmado a organizaciones políticas, sindicales y religiosas. La izquierda estaba prácticamente descabezada y la lucha armada sólo era preconizada por un sector escindido del Partido Comunista, que encabezaba José Carlos Marighela.
Conocedora de las opiniones políticas del imberbe sacerdote, la organización clandestina del naciente Ejército de Liberación Nacional contactó rápidamente al cura que de día trabajaba como mecánico en una fábrica y de noche oficiaba en una iglesia de una favela de Minas Gerais.
Empeñado en sacar adelante su proyecto guerrillero, Marighela decidió enviar a un grupo que se entrenaría en Jordania, en los campamentos de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). Por su compromiso político y conocimiento del mundo árabe, Tilden Santiago estaba entre los escogidos.
“Llegamos en agosto de 1970 después de un viaje azaroso y reencontrar la cultura árabe fue para mi como regresar a casa”, rememora con un deje de nostalgia en la voz.
Confiesa que en su caso particular, además de seguir el entrenamiento militar, buscaba encontrar un grupo político afín en el que, “los cristianos que por motivos ideológicos estamos con los pobres, pudiéramos trabajar junto con agnósticos y marxistas por el mejoramiento social”.
De la decena de organizaciones que conformaban en ese momento la OLP, el Frente Democrático para la Liberación de Palestina (FDLP) fue el grupo escogido por Santiago. “De todas las organizaciones, aquella era la más universal, amplia y con una visión política más ecuménica, más abierta”.
“Cuando un cristiano toma una acción política, debe buscar el camino más universal y eso es lo que representaba el Frente que tiene una visión más abierta”, indica el embajador cuya entrada oficial al FDLP fue en el campo de entrenamiento militar.
Sin embargo, de buenas a primeras la preparación se convirtió en una escuela de supervivencia, al estallar la guerra en Jordania y tener los guerrilleros brasileños que tomar las armas en defensa de las fuerzas palestinas.
“Había una tensión permanente y los palestinos no sabían si debían luchar o no contra el régimen jordano. Ambas partes estaban atrapadas en las redes de la Guerra Fría. Por un lado, los sirios muy cercanos a la Unión Soviética, y por otro los jordanos que esperaban órdenes del Pentágono, pero en el medio estaban los palestinos. Era un escenario complicado pero consecuente con la división política mundial de ese entonces”.
“Fue una situación muy dura, pues combatíamos contra una fuerza militar superior, mucho mejor preparada y armada”, evoca Santiago.
Convertidos en combatientes internacionalistas, los guerrilleros brasileños finalmente tuvieron que huir de Jordania a través de Siria y El Líbano hasta regresar a su país en otro viaje lleno de zozobras.
De retorno a Brasil, el ya experimentado joven se enfrasca de lleno en la lucha política que lo lleva dos veces a la cárcel. En 1977, conoce al hoy presidente Luiz Inacio “Lula” Da Silva, con quien establece una amistad forjada en la lucha sindical y en la opción política por los pobres, algo de lo que no lo apartará ni la llegada de la democracia, con el gobierno de José Sarney.
El trabajo como periodista y profesor de teología, además de las responsabilidades sindicales, tampoco le impidieron ser electo durante 12 años consecutivos como diputado a la Asamblea Nacional hasta que Lula le encargó una nueva tarea.
“Lula me llamó y me dijo que como no podía nombrarme embajador de Brasil en Palestina, me destinaba hacia La Habana”, cuenta con sana vanidad.
“Así es que no soy un diplomático de carrera, sino a la carrera”, dice con una sonrisa en los labios.
No obstante, admite que nunca pudo concebir que su estancia en la capital cubana fuera una increíble posibilidad para volver a acercarse a Palestina.
En diciembre del 2003, llegó a La Habana el secretario general del FDLP, Nayef Hawatmeh y visitó la residencia del diplomático.
“Sentí una emoción inenarrable al reencontrarme con mi Comandante, quien tuvo la delicadeza de visitar mi casa y compartir una noche inolvidable con mi familia”, asevera con un brillo de orgullo en los ojos.
Para el diplomático, el reencuentro con Hawatmeh significó renovar el compromiso con la causa palestina y los lazos con el FDLP.
“He comprendido que Palestina es una encrucijada en la historia del mundo y que los palestinos, que están pagando por un pecado que no cometieron, tienen todo el derecho del mundo a vivir en paz en un estado independiente”, subraya este sexagenario que cuatro décadas después de recorrer un particular camino hasta Palestina sigue dispuesto a dar la vida por la que considera su segunda patria.
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