Entrevista

 
Camino a Palestina
Entrevista exclusiva para el Sitio del FDLP del Embajador de Brasil en la Habana

7 de junio del 2004
 

Cada Navidad, Tilden Santiago coloca la Biblia junto al Corán en un pequeño pesebre que recuerda el nacimiento de Cristo. Ese acto no es sólo profesión de fe en la convivencia humana, sino además una evidencia de que no ha podido separarse de Palestina.

Y es que el hoy embajador de Brasil en La Habana tiene un lazo indisoluble con la causa árabe, desde que cuatro décadas atrás decidió hacer votos, con las armas en la mano, por el martirizado pueblo palestino.

“Salí de Brasil con 23 años, en 1960, para estudiar Teología en Roma”, rememora el entonces estudiante de Humanidades y Filosofía quien en esa época sentía un poderoso llamado de la Iglesia católica.

En la capital italiana, el joven teólogo se vincula a un grupo de curas obreros belgas, holandeses e italianos, un movimiento muy marcado en ese momento por la situación de la clase obrera europea, pero que tenía poco contacto con la realidad latinoamericana.

La influencia de ese grupo hace que pocos años después abandone los estudios teológicos y vaya a vivir a Nazaret, sin tener un conocimiento claro sobre árabes y judíos.

“En Belo Horizonte, la capital del estado de Minas Gerais, estaba acostumbrado de ver juntos los comercios de árabes y judíos, pero mi conocimiento sobre esas comunidades era muy general antes de llegar a Nazaret”, recuerda el diplomático.

“En diciembre de 1963, comencé a trabajar con una minoría palestina en Nazaret, porque durante la guerra de 1948 después de que se crea el Estado de Israel, aquellos que se quedaron, formaron un grupo minoritario”.

“Éramos una especie de hippies religiosos con una gruta como Iglesia, tres horas diarias de oración, convivencia permanente con la gente más pobre de la ciudad y trabajo en una cooperativa de construcción de viviendas”.

Movido por la fe católica y tras ver en la práctica que el ecumenismo religioso podía ser una opción viable, el joven se empeñó en buscar la paz entre árabes, cristianos ortodoxos y musulmanes, con quienes convivía a diario en su trabajo, primero como albañil y después como herrero.

“Nuestra intención no era convertirlos, ni atraerlos a la fe cristiana, sino sólo convivir y compartir todo con ellos. Incluso rezábamos en sinagogas y en mezquitas sin sentir contradicciones religiosas. Sólo queríamos dar ejemplo de vida y vivir con una gran carga mística”.

Esa convivencia diaria le permitió comenzar a entender el complicado conflicto entre árabes y judíos al tiempo que sentía en carne propia la explotación capitalista. La dura vida diaria aceleró la maduración política del joven que recorrió un extraño camino desde la espiritualidad hasta el mundo de la política.

Sin embargo, aquel grupo de idealistas fue expulsado cuando el ejército sionista ocupó Jerusalén en la guerra del 67, conflicto en el que terminaron trabajando como sepultureros de las víctimas de las hostilidades.

 
 
 
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