Entrevista

 
La mujer palestina acallando fusiles y tabúes
Por: Luis Luque Álvarez *
10 de diciembre del 2003
 

La fragilidad de la mujer se torna vigor en la tierra ocupada. Darles estatura a sus hijos y enrumbar el hogar cuando el esposo ha caído en la resistencia o está detenido, puede ser el incentivo de tantos bríos.

Los pinceles de Libia Ishtay de Abdel-Rahim nos acercan a su Palestina: allí, los arcos de la Ciudad Santa; aquí, la melancólica silueta de una mezquita, la majestad del olivo. Escenas de la patria atenazada, que vive de una esperanza mayor que sus dolores presentes.

Colaboradora de la Unión General de Mujeres Palestinas (UGMP), Libia —que hoy vive en Cuba y es hija de un comerciante palestino de Hebrón, posteriormente radicado en Venezuela— conoce de cerca las adversidades y aspiraciones de sus coterráneas. En diálogo con JR, refiere el agravamiento de la situación de la mujer bajo la ocupación sionista:

“Hoy enfrenta grandes retos, no solo económicos, sino sociales, porque no estaba preparada para enfrentar sola los problemas de la vida. Estaba en casa, pero le ha tocado salir a buscar el sustento. El esposo, el padre o el hermano caen presos, y ella tiene que salir a luchar, a trabajar en lo que pueda, incluso en la cosecha de la uva y la aceituna. La realidad es más difícil aún para mujeres que no están preparadas académicamente para determinados empleos”.

—También deben soportar todo tipo de atropellos.

—Así es. Muchos soldados judíos las humillan. Al verlas con el velo, se lo quitan, las registran, se las llevan a rincones, las toquetean. A algunas les han dicho: ‘Eso es nada más para molestarte’. Por si fuera poco, ha habido mujeres que han tenido que dar a luz en los puntos de control militar. Hubo un caso en que una muchacha tuvo que parir allí, y su esposo rompió el cordón umbilical con una piedra. La criatura murió poco después.

“Debido a la ocupación, se han celebrado hasta bodas en los puntos de control, porque no han dejado entrar o salir a uno de los cónyuges de su pueblo respectivo. Es grave la situación, y muchas veces es la mujer sola quien la enfrenta. Cargar con los hijos y llevar a los heridos, no obstante, le ha servido para demostrar la fortaleza de que es capaz”.

—Según cifras recientes, más de 70 mujeres —incluidas menores de edad— se encuentran presas en cárceles israelíes.

—La semana pasada algunas estaban en huelga de hambre, porque habían prohibido las visitas familiares. No tienen acceso a médicos, a sus seres queridos, la alimentación es precaria y lo más triste es que muchas han sido agredidas sexualmente por sus carceleros, y han quedado embarazadas de ellos.

“Es necesario decir que a veces se les encarcela como medio de chantaje, para que sus padres o esposos hagan el papel de infiltrados entre los grupos palestinos. Otras enfrentan acusaciones falsas, o están sin cargos, al no tener de qué inculparlas. Atacar a un soldado durante una acción militar, o a un colono, puede ser una de las excusas”.

—¿Conoces algún testimonio cercano?

—Una prima mía, que es maestra y vive en Jerusalén Oriental, fue encarcelada varias veces porque les daba clases a los niños, y enseñaba en casas particulares. La descubrieron, la metieron presa, le arrancaron las uñas y los dientes, la quemaron y golpearon. Hoy tiene cáncer en la piel por las mismas lesiones. No se casó por vergüenza, por ver el estado en que estaba.

—¿Qué otras huellas ha dejado la obsesiva presencia israelí en los territorios ocupados?

—Se puede citar la deficiente situación sanitaria. En Gaza hay muchas mujeres con infecciones debido al empleo de aguas impuras. Además, hay muchas estériles, pues en las escuelas, las autoridades israelíes situaban unas tuberías por las que emanaban gases que esterilizaban. Lo han dicho ellos mismos: ‘El peor enemigo del Estado judío es el útero de las mujeres palestinas, y hay que extirpar sus ovarios’. Según un general israelí, esa era la consigna más importante que ellos tenían. Y la ex primera ministra Golda Meir decía que ‘no podía dormir tranquila, sabiendo que estaba naciendo un niño palestino’. Esa frase, en boca de una mujer que puede ser madre, es muy triste.

“Otro fenómeno es la escasez, pero en el pueblo palestino es muy fuerte la solidaridad. A veces no tienes cómo alimentar a tus hijos, pero el vecino te trae un plato. Nunca te falta, pues lo poco se comparte. También se reciben donaciones, en buena medida de palestinos en el exterior y del mundo árabe”.

—¿Cómo vive la mujer en los campos de refugiados fuera de Palestina?

—Bueno, yo viví en uno de ellos en Jordania. Cuando sucedieron las primeras oleadas de refugiados, no había alcantarillados, ni agua potable, ni médicos. Era un ámbito muy hostil para la mujer. Muchas de las que salieron en ese entonces no pudieron estudiar, y las que eran profesionales tenían que ejercer en condiciones mínimas, o sus familiares les impedían ir a trabajar por los temores propios de la nueva situación. Posteriormente, muchos que habían salido de Palestina con las llaves de sus casas se dieron cuenta de que el regreso no iba a ser tan fácil ni rápido.

“Las jóvenes comenzaron a instruirse, aunque con limitantes. A veces las casaban muy rápido. Pero en los últimos años muchísimas estudian y trabajan. Probablemente en Jordania, Líbano y Siria haya hoy más muchachas palestinas que muchachos en las universidades, pues ha cambiado la conciencia de la familia. Hay arquitectas, ingenieras, laboratoristas; o sea, no se restringen al campo de la educación o la enfermería (antes los sectores casi exclusivos). Muchas se han incorporado a las ONGs —europeas mayormente— que prestan asistencia a la población palestina”.

—¿Cuál es el rol de la UGMP en la actual situación?

—La UGMP tiene un trabajo fundamental en los territorios de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) y en el Líbano —en los campamentos de refugiados—, en brindar educación a la mujer, darles apoyo a los niños en cuanto a escuelas y guarderías infantiles, así como médicos gratuitos. Lo hacen apoyadas principalmente por instituciones y ciudades italianas, hermanadas con pueblos palestinos. Muchas mujeres dan conferencias, buscan apoyo financiero, gestionan la visita de activistas de paz que vayan a Palestina. Periodistas, doctoras, artistas que promueven la cultura palestina, sus trajes típicos, el orgullo nacional, son un enlace con el mundo. Cada cual desde su grupo.

—Sin embargo, existe un obstáculo doble para las féminas en Palestina: la ocupación israelí y la discriminación interna.

—Sucede que para la mujer palestina de hoy, luchar por sus derechos en el contexto social palestino no es el problema esencial, aunque no ha dejado de pelear para alcanzar un puesto en la sociedad, ni ha renunciado a hacerse profesional y a salir del patriarcado.

“Entre los años 1996 y 2000, las mujeres hicieron huelgas de hambre y manifestaciones públicas pacíficas. Levantaban sus carteles y marchaban en silencio, para reclamar sus derechos a la ANP. Fue una lucha por su participación activa, por la igualdad de los salarios, y hoy tienen su representatividad en el Consejo Legislativo Palestino y ejercen su derecho al voto en los territorios palestinos. Hay una presidenta además en Cáritas Palestina, y una embajadora en Francia. Creo que han logrado más que en otros países árabes. Han alcanzado el reconocimiento de su propia pareja. Las circunstancias han obligado al hombre a que mire a la mujer a la par. Ella lo ayuda a él, y puede ir con él.

“Como dices, una cosa es su vida bajo la ocupación sionista y otra es que el hombre siempre ha llevado la batuta en la sociedad palestina. La mujer ha ido escalando socialmente, pero hoy no tiene inquietudes solo como mujer, sino como parte del pueblo palestino. Son procesos de liberación que van de conjunto. Ella, entonces, no se ha estancado, pues si está batallando a la par del hombre por el derecho a su propio Estado, es que está a la vanguardia. En un Estado palestino futuro se podrá trabajar en la elaboración de un código civil, pero en las actuales circunstancias es casi imposible”.

—También se habla de violencia doméstica...

—Y existe, pero después que se formó la ANP, se han creado comités para ayudar a las mujeres, con teléfonos a los que acudir. La mayoría de los encargados son jóvenes de uno y otro sexos que van a dialogar con la familia, a apoyar en lo que sea necesario a la mujer. En la Casa de Oriente (la sede del gobierno palestino en la capital) funciona un departamento de este tipo, aunque ahora está cerrada por Israel.

“Ciertamente, para la gente es un poco difícil entender qué es ser mujer palestina, o árabe en general. Suele pensarse en la mujer perfectamente sumisa, pero no es así. No te puedo decir que en toda la sociedad y que en todas las familias hay una apertura. Pero la mujer sigue escalando. Se lo ha ganado por sí misma. Y falta muchísimo, pero la discriminación no es algo exclusivo de nuestra sociedad”.

* Escribió para Juventud Rebelde.

 
 
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