Y añade Bachar: “me obligaban a vendarme los ojos cada vez que me sacaban de la celda cuando me trasladaban a cualquier otro lugar, como el cuarto de interrogatorio o la enfermería. Sólo me quitaban la venda cuando estábamos en un lugar cerrado”.
La organización Hamukid se refirió a la opinión dada por alguien con experiencia científica como el Doctor Yahukim Stain, de Jerusalén, especialista en enfermedades mentales, sobre la influencia del encarcelamiento en las condiciones mencionadas.
Dice el Dr. Stain que, sobre la base del tratamiento al ex prisionero Jadallah y otros detenidos políticos palestinos quienes dieron su testimonio sobre las condiciones de su encarcelamiento, se demostró que fueron sometidos a tortura síquica lo cual conllevó la aparición de “síntomas de temor, sumisión, debilidad, malnutrición, insomnio, inactividad, estimulantes síquicos, además de prohibirles todo tipo de comunicación tanto con los abogados como con los familiares e incluso hasta con los propios carceleros o con el resto de los prisioneros”. En conjunto, ello representa un método de tortura bien estudiado que tiene como objetivo debilitar la capacidad de resistencia al interrogatorio y obligarlos a someterse totalmente a los interrogadores.
Esas circunstancias, además del dolor producido por las torturas o la amenaza de utilizarlas, conjuntamente con el miedo a la muerte o a sólo pensar que eres una persona olvidada, convierten al prisionero en un ejemplo vivo de lo que el Doctor Stain llama el terror que causa daño psíquico.
Jadallah, por su parte, dijo que “mi desconocimiento del lugar de detención o el sólo hecho de no ver las caras de otros detenidos me aterrorizó sobremanera. Lo más difícil era la sensación de que me podían desaparecer sin que mi familia supiera nunca lo que me había sucedido”.
La reflexión que hace sobre su aislamiento y las condiciones de la cárcel, coincidían con los testimonios de otros detenidos, compilados por la abogada Tsamil y la organización Hamukid. Todos describieron la humedad, los colchones malolientes, “el cubo” que se empleaba a manera de retrete y que raramente estaba vacío, la pila de agua de la celda controlada por un guardia invisible, un ruido muy alto que les impedía dormir y un aire acondicionado que era utilizado para matarlos de frío.
Dichos testimonios incluían también una descripción detallada de los métodos de tortura, los mismos que fueran prohibidos por la Corte Suprema de Justicia Israelí en el año 1999.
La presidenta del Comité Popular contra la Tortura, Hanna Fredman, dijo que su grupo registró un aumento notable de los casos de tortura en las cárceles israelíes durante la Intifada. En un censo estadístico reciente aparece que el 58 por ciento de los prisioneros políticos palestinos denunciaron la utilización de la violencia contra ellos como fuertes golpes, puntapiés, vibraciones violentas, así como la obligación de pararse o sentarse durante largos períodos en posiciones incómodas, además de ser esposados de pies y manos tan fuertemente que causaba dolor.
Prácticas como esas y peores aún ocurren diariamente en la cárcel 1391. Según testimonio ofrecido por el prisionero Mohammad Jadallah, era golpeado repetidamente, maniatado fuertemente y atado a una silla de manera dolorosa, además de que le prohibían hacer sus necesidades y le impedían dormir, y si lo hacía lo rociaban con agua fría. Miembros de la Inteligencia le mostraban fotos de su familia y lo amenazaban con hacerles daño si no colaboraba con ellos.
Sobre ello dice Mohammad, “me mostraron fotos de mi papá con el uniforme de preso y me proyectaron un video de él como si también lo tuvieran detenido. Me amenazaron con detenerlo y torturarlo”.
Los palestinos que pasaban por esa cárcel secreta estaban bajo la autoridad del aparato de seguridad general, Shabak, responsable de las investigaciones en todos los centros de detención israelíes normales, mientras que los demás detenidos extranjeros eran responsabilidad de una sección especial de la inteligencia militar llamada “Unidad 504”. El trato dado a los detenidos extranjeros fue revelado por documentos presentados a la Corte que investiga el caso de Al-Dirani, quien fue hecho prisionero en su casa en El Líbano, en mayo de 1994, en un intento de la inteligencia israelí por obtener información sobre el destino del piloto israelí, Run Arad, cuyo avión fue derribado en el sur de El Líbano, en 1986.
El ciudadano británico Yehad Shuman, detenido en Jerusalén en enero del 2001 y a quien Israel acusa de pertenecer a Hezbollah, también estuvo en la cárcel 1391 durante tres noches, en las que fue golpeado salvajemente por los soldados.
Shuman cuenta que “me quitaron la venda de los ojos y vi a 15 soldados armados parados alrededor mío, algunos portaban palos. Me golpearon, empujaron y apuñetearon por detrás, luego me interrogó un hombre que vestía uniforme y quien me dijo: “tienes que reconocer o será tu fin y nadie sabrá que te pasó, o reconoces o mueres”.
Se sospecha que otra instalación en Al Khudera, al sur de Tel Aviv, fue también una cárcel secreta hasta los años 70a. Ex dirigentes de la Cruz Roja Internacional, quienes siguieron el caso de los prisioneros durante la primera Intifada, entre 1987-1993, dijeron que la organización conoció, a inicios de la década del 80, que Israel mantenía detenidos en secreto a los palestinos en un pabellón especial del centro de detención militar, cerca de la ciudad de Nablus, conocido como Al-Faria, por lo que sospecharon que quizá Tel Aviv poseía muchas cárceles secretas que utilizaba según las iba necesitando. Durante la ocupación al sur de El Líbano se utilizaron muchas de esos penales secretos. Es posible que por la cantidad de presos políticos palestinos acumulados durante el pasado, que los israelíes se hayan visto obligados a abrir esas cárceles.
Otras organizaciones internacionales han expresado su temor de que Israel pueda estar alquilando los servicios de esas cárceles a otros países, específicamente Estados Unidos, tras la reciente agresión a Iraq.
La Cruz Roja Internacional aseguró que no hay ningún iraquí detenido en la cárcel X-Ray y que la actual confusión que reina en Iraq quizás haga imposible saber quién es detenido y adonde es llevado.
Fuentes diplomáticas dijeron que existen fuertes indicios de que los Estados Unidos utiliza a Jordania para interrogar a los prisioneros iraquíes, para no verse obligado a aplicar las leyes internacionales y estar lejos de la Cruz Roja Internacional, la que está autorizada a entrar en el campo de detención X-Ray.
Egipto, Marruecos y Paquistán también están entre los países sospechosos de ofrecer ese tipo de servicios.
Las fuentes dijeron que “resultaría sorprendente que Israel, el más fiel aliado de Washington y del cual sabemos que posee al menos una cárcel secreta, no le haya brindado esos servicios a Estados Unidos. Tel Aviv tiene experiencia desde hace décadas en la utilización de la tortura y de métodos de interrogación con los prisioneros palestinos y árabes. Esas son habilidades de las que Estados Unidos tienen gran necesidad luego de la ocupación de Afganistán e Iraq”.