Así, Tel Aviv pretendió poner una venda sobre los ojos del mundo durante todo el tiempo que duró el atroz crimen. Sin embargo, la magnitud de la atrocidad de agigantó hasta dimensiones intolerables para la conciencia mundial.

Ocultar las huellas del crimen

Al descubrirse el horripilante acto, Israel trató de encubrir la barbarie cometida y ordenó al ejército israelí que recogiera los cadáveres y los trasladara en camiones para que fueran enterrados en fosas comunes dentro de los territorios palestinos ocupados desde el año 48.

De esa forma, los sionistas pudieron alejar a todos los testigos del escenario del crimen. Los soldados israelíes fueron sorprendidos en actos de pillaje, tras segar las vidas de sus víctimas.

Varios ciudadanos y corresponsales extranjeros vieron los camiones del ejército sionista cargados de cadáveres salir del campamento con rumbo a cementerios colectivos fuera de Cisjordania. Ante un escándalo moral de tal magnitud, el Tribunal Supremo Israelí ordenó abrir un enorme hueco con excavadoras gigantes en el barrio Hayashin, en el centro del campamento, y enterrar a una gran cantidad de cuerpos sin vida, para posteriormente echar una gruesa capa de concreto encima de ellos.

Para ocultar las huellas del crimen, Israel rechazó todas las solicitudes de organizaciones internacionales de introducir equipos pesados y grúas al campamento para remover los escombros y desenterrar lo que hay bajo la superficie. También impidió que importantes organizaciones internacionales y humanitarias, en especial el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos y la Organización Amnistía Internacional, tuvieran acceso al campamento para investigar el número de víctimas y determinar los verdaderos actos cometidos por Israel.

La tragedia del desamparo

No se ha podido hasta nuestros días precisar lo que realmente ocurrió dentro del campamento. Los escombros de las casas aún ocultan los secretos del magnicidio cometido en Jenin. No obstante, la tragedia vivida por los sobrevivientes no es menos cruel que la de los muertos.

Más de 800 familias quedaron sin techo, desamparadas y deambulan en busca de refugio en escuelas e instituciones públicas. Otras aún están a la intemperie luego de haber perdido el último techo que les quedaba.

El horrendo crimen cometido por el ejercito sionista en el campamento de Jenin, que causó miles de víctimas de las que Israel solo reconoció 500, fue mucho mayor al pasar inadvertido a nivel internacional.

Por disposición del Consejo de Seguridad, se constituyó una Comisión Investigadora de la verdad, pero Estados Unidos rechazó esa decisión y presentó un proyecto de resolución que pidió a Kofi Annan, Secretario General de la ONU “presentar información precisa sobre los recientes acontecimientos que tuvieron lugar en el campamento de Jenin”.

Así se emitió la Resolución N° 1405 del Consejo de Seguridad, que facultó a Kofi Annan, a formar una Comisión para Investigar la verdad sobre los acontecimientos que tuvieron lugar en el campamento. Como es habitual, Israel rechazó esa decisión y apenas el Secretario General de la ONU anunció su conformación, el estado sionista expresó sus reservas en relación con algunos de sus miembros. Por considerarlos parcializados con los palestinos, Tel Aviv exigió la destitución y reemplazo de Terje Roed-Larsen, Coordinador de la ONU para Medio Oriente; Peter Hansen, Director de la UNRWA para el Medio Oriente, y Mary Robinson, Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos.

De esa manera, el estado sionista se desligó de la decisión, gracias al apoyo de Washington, que utilizó toda su influencia para despojar a la Comisión de los poderes y facultades que le fueron otorgados, lo cual en sí es un reconocimiento implícito al genocidio.

Quizás la peor provocación del gobierno de Tel Aviv a los órganos de las Naciones Unidas fue su oposición hacia la Comisión de Investigación de las matanzas de Jenín y demás regiones palestinas. No obstante, Israel fue más allá al intervenir en la constitución del grupo al objetar la presencia de tres de sus miembros.

Finalmente Annan se resignó ante la intransigencia israelí y aceptó reordenar la Comisión para que fuera integrada por el ex presidente de Finlandia, Martti Ahtisaari; la ex Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Refugiados, Sadako Ogata, y el ex presidente del Comité Internacional de la Cruz Roja, Cornelio Sommaruga.

Israel aceptó la Comisión en su nuevo formato por considerarla “el menor de los males” y porque las indagaciones no tendrían un carácter jurídico y se limitarían al campamento de Jenín, sin abarcar la tragedia que vive el pueblo palestino. Aún en estas condiciones, el gobierno de Sharon se retractó luego de su posición y no permitió la entrada a Jenín de los enviados de la ONU, al alegar que “no se puede satisfacer esta Comisión”. Tel Aviv abogó por formar una nueva comisión, integrada por las personas que sugiriera el gobierno sionista.

La Comisión fue definitivamente disuelta por el Secretario General de Naciones Unidas, el 3 de mayo del 2002.

Se hace evidente que el rechazo de Israel de recibir a la comisión, por no satisfacer sus condiciones y exigencias respecto a la especificidad de sus labores, nace del miedo a que se descubra la verdad sobre la participación de sus soldados y oficiales y por consiguiente estar sujeto a un juicio internacional bajo la acusación de haber cometido crímenes de lesa humanidad.

 
 
 
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